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María Bras-Amorós creció en una familia dónde el interés científico siempre estuvo muy presente. Su padre y sus abuelos eran ingenieros, y su padre le enseñó a programar cuando era tan sólo una niña. Desde pequeña le gustaron las matemáticas y la música, y con el tiempo encontró la manera de combinar estas dos disciplinas.
María se decidió a estudiar Matemáticas gracias al entusiasmo que transmitía por esta materia Pilar Alcón, su profesora de matemáticas en COU (lo que hoy sería 2º de Bachillerato). En 1998, tras finalizar la licenciatura en Matemáticas Aplicadas en la Universitat Politécnica de Catalunya, hizo su doctorado entre la San Diego State University y la UPC gracias a una beca predoctoral. Un año más tarde finalizó el Grado Profesional en clarinete en el Conservatorio Municipal de Música de Barcelona.
En la actualidad Bras-Amorós trabaja en dos áreas distintas. Una de ellas es la teoría de códigos correctores de errores y la otra son los semigrupos numéricos, que es un campo donde se combina el álgebra con la combinatoria. Además de su labor como investigadora, Bras-Amorós también se ha dedicado a divulgar las matemáticas con libros y exposiciones. En 2014 comisarió la exposición «Matemàtiques en Joc» en el Museu del Joguet de Catalunya, en Figueres, y en 2017 publicó “Els números canten. Cançons i cantarelles de nombres” (Los números cantan. Canciones y cantinelas de números) junto a Toni Giménez Fajardo.
A Maria Bras-Amorós siempre le ha gustado ver cómo conectan la música y las matemáticas. Con las matemáticas se pueden formalizar elementos de la teoría de la música, como los armónicos musicales o la subdivisión del ritmo. También la música, en su caso, ha alimentado los resultados matemáticos. Asegura que algunas propiedades de la música que ella había percibido desde niña, las ha interpretado luego como un comportamiento fractal de los armónicos. En su día no le daba esa palabra pero ya lo veía y para ella fue un placer de mayor poder utilizarlo en sus demostraciones matemáticas.
De pequeña su padre nunca le respondía cuando le hacía preguntas de matemáticas, cosa que le desconcertaba. Hoy lo recuerda con mucho cariño y ha conseguido entender por qué su padre siempre le decía: “piensa”. Lo hacía para que llegara sola a la respuesta. Ahora lo valora. “No hay que tener prisa, es mejor detenerse a pensarlo aunque no vayamos tan rápido porque eso que tú has pensado te va a quedar siempre”.